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'Correo Negro' - Th.W.Adorno

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'Correo Negro' - Th.W.Adorno

Mensaje por Intrigado el Miér 30 Jul 2014, 16:24

Voy a dejar esto aquí.


89

Correo negro. –A quien no se le puede aconsejar, tampoco se le puede ayudar, decían los burgueses, que con el consejo, que nada cuesta, se libraban de prestar ayuda a la vez que obtenían poder sobre el desvalido que acudía a ellos. Pero por lo menos ahí latía una apelación a la razón, que en el que pedía y en el que nada concedía aparecía como una cosa idéntica y recordaba de lejos a la justicia: quien seguía un buen consejo podía, en ocasiones, hallar una salida. Esto es cosa pasada. Quien no puede ayudar, por lo mismo no debería aconsejar: en un orden donde todas las ratoneras están taponadas, cualquier consejo se convierte inmediatamente en un juicio condenatorio. Inevitablemente lleva a que el que pide tenga que hacer exactamente aquello a lo que más enérgicamente se resiste cuando esta resistencia es lo único que le da de su yo. Aleccionado por las mil situaciones en que se ve, acaba sabiendo ya todo lo que le pueden aconsejar y sólo se presenta cuando ha agotado toda sensatez y algo tiene que pasar. Eso no mejora su situación. El que una vez quiso consejo y no encuentra ya ninguna ayuda, el más débil en definitiva, aparece desde el principio como un extorsionista, cuya forma de actuar está de hecho extendiéndose inparablemente con la trustificiación. Esto puede observarse del modo más nítido en un determinado tipo de altruistas que defienden los intereses de amigos necesitados e impotentes, pero en cuyo celo aceptan un oscuro elemento de coacción. Incluso su virtud última, el desinterés, es ambigua. Mientras intervienen de forma justa a favor del que no permiten que se hunda, tras el firme «debes ayudar» se oculta ya la tácita invocación a la prepotencia de grupos y colectivos con los que ya nadie puede tener desavenencias. Al no poder eludir a los incompasivos, los compasivos se convierten en mensajeros de la incompasibilidad.

Extraído de: Minima Moralia, Theodor. W. Adorno, 1951.
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Re: 'Correo Negro' - Th.W.Adorno

Mensaje por SentidoComún el Jue 31 Jul 2014, 12:03

Voy a poner yo un fragmento de la rebelión de atlas.

“¿qué quieres de mi?”, era la pregunta que latía en su cerebro como una clave sin descifrar. “Qué quieres de mi?”, gritaba en silencio a las mesas en las que comía, a las salas donde se celebraba una reunión y a sus noches sin sueño. Se lo gritaba a Jim y a aquellos que parecían compartir el secreto de él. “¿Qué quieres de mi?” No lo preguntaba en voz alta porque sabía que nunca conseguiría una respuesta. “¿Qué quieres de mi?”, se decía con la sensación de estar corriendo, aunque sin disponer de espacio por donde escapar.
¿Qué quieres de mi?-Preguntó en voz alta y se vio sentada a la mesa del comedor, mirando a Jim, a su rostro febril y a la mancha de agua que se empezaba a secar sobre el mantel.
No supo cuanto tiempo el silencio había reinado entre ambos y la sobresaltó el sonido de su propia voz al formular esa pregunta que no había tenido intención de hacer. No esperaba que él la comprendiera porque nunca pareció comprender las preguntas más sencillas. Sacudió la cabeza, esforzándose para volver a la realidad.
Con cierto aire de burla, como si se mofara de sus opiniones acerca de él, Jim respondió:
-Amor.
Ella se hundió otra vez en la desesperanza, frente a una respuesta tan simple y tan sin sentido.
-Tú no me amas-añadió acusador. Ella siguió en silencio-.Si me amaras no me harías semejante pregunta.
-Te amé en otros tiempos-respondió Cheryl con tristeza-, pero no por lo que deseabas ser amado. Te amé por tu valor, por tu ambición, por tu inteligencia, pero nada de eso era verdad.
El labio inferior de Jim se adelantó un poco, despectivo.
-¡Qué estúpida idea acerca del amor!-exclamó.
-Jim, ¿por qué razón quieres que te ame?
-¡Qué despreciable actitud de vendedora ordinaria!
Ella no contestó. Lo miraba con los ojos muy abiertos, en silenciosa pregunta.
-¡Ser amado por algo!-exclamo Jim, seguro de estar en lo correcto-.¿De modo que, a tu juicio, el amor es cuestión de matemática, algo que puede cambiarse, pesarse o medirse como un kilo de mantequilla sobre el mostrador de cualquier negocio? No quiero que se me ame por nada. Quiero que se me ame por mi mismo, no por lo que haga, o tenga, o diga, o piense. Por mi mismo, no por mi cuerpo, mi mente, mis palabras, mis obras, ni mis actos.
-Entonces…¿qué eres tú?
-Si me amaras no lo preguntarías.-En su voz sonaba una aguda nota de nerviosismo, como si oscilara peligrosamente entre la cautela y un ciego impulso sin objetivo. –No lo preguntarías. Lo sabrías. Lo sentirías. ¿por qué estás siempre intentando rotularlo y definirlo todo?¿No puedes elevarte sobre esas simples definiciones materialistas? ¿Es que no sientes…simplemente sientes?
-Si, Jim, siento-respondió en voz baja-, pero procuro evitarlo porque…porque lo que siento es miedo.
-¿de mi?-preguntó él, esperanzado.
-No, no exactamente. No es miedo de lo que puedas hacerme, sino de lo que eres.
Jim bajó los parpados con la rapidez de quien cierra de golpe una puerta, pero Cheryl alcanzó a apreciar un increíble destello de terror en sus ojos.

-¡Tú no eres capaz de amar a nadie, eres una barata buscadora de oro!-gritó de pronto en un tono carente de color, pero ansioso de herir-. Si, he dicho buscadora de oro. Existen muchas formas de hacerlo, además de la codicia del dinero y de otras formas peores. Eres una buscadora de oro del espíritu. No te casaste conmigo por mi dinero, pero si por mi inteligencia, mi valentía o cualquier otro valor al que pusiste como precio tu amor.
-¿Quieres…que el amor…no tenga motivos?
-¡El amor es un motivo en si mismo! Está por encima de causas y razones. El amor es ciego, pero tú no serías capaz de sentirlo. Posees el alma mezquina y calculadora de una vendedora que comercia pero que nunca da. El amor es un don libre, incondicional y lleno de grandeza, que transciende y que lo olvida todo. ¿Crees que resulta generoso amar a un hombre por sus virtudes? ¿Qué entregas tú a cambio? Nada. No es más que un acto de fría justicia pensar que no se recibe más que aquello que se ha ganado.
Los ojos de Cheryl estaban ahora sombrios, con la peligrosa intensidad de quien está vislumbrando un objetivo.
-Quieres que sea inmerecido-dijo. No interrogaba, pronunciaba un veredicto.
-¡Oh! ¡No comprendes!
-Si, Jim, comprendo. Eso es lo que deseas, lo que todos desean. No quieres dinero ni beneficios materiales, ni seguridad económica ni ninguna de esas cosas que siempre pides. –Hablaba con tristeza y monotonía, atenta solo en poner en palabras claras aquel tormentoso caos que vibraba en su interior. –Todos vosotros, los predicadores del bienestar, no vais en busca del dinero no ganado. Por el contrario, quereis compensaciones, pero de diferente clase. Dices que soy una buscadora de oro del espíritu del oro porque busco valores. Entonces, vosotros, los predicadores del bienestar… sois meros saqueadores del esspíritu. Quieres un amor no ganado, una admiración si base, una grandeza que no hayas trabajado. Sin la necesidad de nada, sin… la necesidad… de ser…
-¡Cállate!- gritó. ¿Qué crees que estás diciendo?
-No lo sé… respondió Cheryl, cansada, bajando la cabeza como si la forma que había intentado capturar hubiera quedado fuera de su alcance-.No lo sé… No me parece posible…
-Más vale que dejes estos temas que te superan o…
Pero tuvo que detenerse, porque en ese momento entró el mayordomo con la botella de champán en habían ordenado.
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